lunes, 29 de noviembre de 2010

LA CASA SILVA SIN LUZ NI "CANELAZO"

Por Eduardo García Aguilar

Este jueves por la noche, en pleno noviembre, la Casa de Poesía Silva se quedó sin luz y volvimos a los viejos tiempos en que la muy española Santa Fe de Bogotá era una aldea perdida en los Andes, helada y casi endogámica, que permanecía ajena a los acontecimientos del mundo, aunque desde ahí se gobernaba a todo el país con lentitud de paquidermo. 
 
El homenaje al poeta piedracielista Arturo Camacho Ramírez reunió a ancianísimas personas de la llamada alta sociedad bogotana, aún sobrevivientes de esos viejos tiempos en que Bogotá, en pleno siglo XX, seguía siendo una aldea de "cachacos" que miraban desde arriba a los habitantes de las lejanas provincias y a los "patojos" de alpargatas y ruana que se aferraban a las faldas de lo que hoy llamamos la Vieja Candelaria. 
 
Por fortuna la vieja Santa Fe de Bogotá de los tiempos del poeta José Asunción Silva, Miguel Antonio Caro y los hermanos Cuervo está aún viva y se ha conservado en el tiempo, por lo que uno celebra que todavía esté en pie la Casa de Poesía Silva con esas fotos amarillentas en las paredes que dan un aire de familia a la historia de la poesía colombiana, una poesía siempre tímida, autárquica, retórica, ajena a las corrientes del mundo, a los aires de la modernidad y a la liberación mundial de la palabra, lejos de los acartonamientos, el almidón y la polilla. 
 
Cuando uno camina por esos corredores fríos y ve las baldosas que fabricaba el malogrado poeta imitador de los simbolistas franceses y mira las fotos de los piedracielistas que medio siglo después de él reinaron en Colombia, encabezados por su líder Jorge Rojas, o las estampas del tímido Aurelio Arturo, un pastuso que milagrosamente se coló en el parnaso bogotano, o las de Gonzalo Arango, el rebelde nadaísta antioqueño o las del loco cartagenero Raúl Gomez Jattin, uno se prepara para ser tolerante respecto a ese mundo que sólo en Colombia sobrevive: el amor por la poesía engolada, la paciencia para oír los largos discursos o recitales poéticos, como en Medellín, donde miles de personas bajo la lluvia acuden tal vez con hambre a aplaudir a los bardos del mundo. 
 
Ahora que toda Colombia está bajo las aguas y no cesa de llover en el territorio cubierto por capas sucesivas de frías nubes negras, incluso en lugares tradicionalmente calientes como las costas o las cuencas de los ríos, sentimos de repente que la vida ha cambiado poco y que escondida en la indiferencia está la pobreza nacional medrando en todas partes. Y que finalmente Colombia es una aldea. 
 
Desde la Santa Fe Gramática unas cuantas familias blancas aristocráticas, aliadas con curas y militares mandaban el país, indiferentes a las lejanas provincias, pero entusiasmadas por la poesía y el latín. 
 
Al ver a tantos señores bogotanos encabezados por el ex presidente Ernesto Samper y el patriarca Álvaro Castaño, fundador milagroso de la HJCK y, de repente en el público, juntos, al increíble Otto Morales Benítez y al ex candidato presidencial del Polo Democrático Carlos Gaviria, uno se identifica con todo ese mundo que nos parecía ido o sólo refugiado en las librerías de viejo. 
 
Son tales los horrores que ha vivido el país recientemente a manos de los emergentes y es tal la intolerancia de los cavernarios en Colombia de los tiempos Laureano y Urdaneta, que los liberales presentes en el homenaje a Arturo Camacho Ramírez nos parecieron algo tiernos en un mundo donde la poesía ha sido desterrada definitivamente por el dinero rápido, el arribismo, la implacable ley de la muerte, o por la competencia encarnizada entre los best-sellers nacionales de nuestra época. 
 
Y curiosamente no había luz en la casona, por lo que todos los preparativos de don Álvaro Castaño se fueron al traste y Pedro Alejo Gómez, el hijo del escritor Pedro Gómez Valderrama, se veía a gatas para alumbrar las hojas que leían los concelebrantes mientras titilaban las lámparas colgadas, mecidas por un viento de hielo. 
 
Los corredores estaban llenos de velas en los materos y todos caminábamos como fantasmas cargando cada uno su vela, cruzándonos con los espectros de Silva, Rafael Pombo y Miguel Antonio Caro. De repente apareció Tachia Quintana, la ya entronizada novia española de juventud de nuestro Gabriel García Márquez, una mujer que a su edad tiene una energía desbordante y no se quería perder un solo minuto del homenaje. 
 
Y mientras la gente reía por los incesantes chistes y ocurrencias del ex presidente Samper, veíamos a una bella señora elegantísima en silla de ruedas que tomaba fotos del panel con su Blackberry, y a su lado sus hijos, nietos, bisnietos y demás descendientes de Camacho Ramírez. 

Y todo quedó en familia: Don Álvaro Castaño nos cuenta que el poeta era su cuñado y que él ingresó a la cultura porque su padre el general Castaño le encargó cuidar a los novios cuando tenía 16 años y así pudo ser testigo de las visitas de Pablo Neruda a Bogotá en los años 40 y de la bohemia bogotana en tiempos del piedracielismo, cuando todo Bogotá se acababa en Chapinero, el joven Álvaro Mutis jugaba billar y muchos vivían en las viejas casonas del centro o en los nuevos edificios art-deco del progreso, antes de que mataran a Jorge Eliécer Gaitán. 
 
Y al concluir la velada literaria, en la penumbra, solo sobresalía la carcajada de Otto Morales Benitez al salir por la puerta hacia una Bogotá del pasado, y el "quedó bonito el acto, ala", de Ernesto Samper, quien conoció a Camacho y a los Camacho desde niño. Todos, pues, al fin nos convertimos, ala, en bogotanos. "Ala, la poesía sigue vive en Bogotá", dijo un asistente. Solo nos faltó el super rolo Crótatas Mochuelo y el famoso "canelazo" que ya no dan en la Casa Silva, porque ya no hay plata a fines del modernísimo año 2010. 
 

miércoles, 10 de noviembre de 2010

GERRA Y RUMBA EN TUMACO

Por Eduardo García Aguilar
Los militares están por todas partes en Tumaco, puerto pesquero del Pacífico sur colombiano, cerca de la frontera con Ecuador, donde antes vivió la civilización prehispánica de los Tumacos (700 ac-1500 dc), que tendría probablemente sus orígenes lejanos en la cultura Olmeca mexicana. San Andrés Tumaco es habitado desde hace medio milenio por una mayoritaria población afrodescendiente que con serenidad y alegría se enfrenta a un conflicto entre guerrilleros, narcotraficantes, ejército, y paramilitares de las sanguinarias Aguilas Negras y Los Rastrojos.
Un enérgico y musculado gorila colombiano ingresa a la cafetería del aeropuerto custodiado por tres soldados que esgrimen armas mirando a uno y otro lado, mientras el militar conversa con su novia y la mira maquillarse enamorado antes de subir al avión. Todos los militares y los mercenarios tienen bellas novias. Son atléticos, ágiles, seguros, corteses. Son los nuevos dioses de una sociedad en guerra permanente, en una zona marítima llena de esteros y manglares de donde salen los cargamentos de cocaína hacia otros lugares del mundo. Estamos en el reino de los Rambos. Dentro de una película de Hollywood. Palpamos la nueva fiebre del oro. Pululan los negocios de compra y venta de oro y joyas.
Por todas partes hay avisos ofreciendo “magníficas recompensas” a quienes denuncien a “narcotraficantes y terroristas”. Pero la música del reguetón, el currulao, el merengue y la salsa sigue sonando desde los altavoces. En el mesón de don Chucho Ricaurte todo el día suena la salsa. Y a las múltiples escuelas acuden miles y miles de estudiantes orientados por los valerosos maestros, reyes del bien en Tumaco y guías de la sociedad en medio de esta guerra sin fin.
Los militares colombianos y estadounidenses , que tienen una enorme base naval en la costa en el marco de la lucha contra “el narcotráfico y el terrorismo” del Plan Colombia son los reyes de la ciudad y las bellas muchachas los admiran y los sueñan mientras van y vienen los helicópteros y los aviones que fumigan para exterminar el cultivo de hoja de coca, devastando el campo y obligando a los campesinos a desplazarse en la miseria hacia otros lugares. Por los ríos que cruzan las veredas bajan con frecuencia cantidades de cadáveres.
“No me explico cómo es que hay tantos muertos aquí si esto está lleno de militares. No sé lo que hacen. Donde está pues la labor de inteligencia para prevenir”, dice una mujer, sugiriendo extrañas complicidades entre militares y paramilitares. Desde hace quince días reina una calma que sorprende a los habitantes del lugar. Los arreglos de cuentas en la calle, la acción implacable de los sicarios en las tabernas se ha detenido por un instante, pero todos saben que tarde o temprano se reanudará. La parca esta tomándose un corto respiro después de tanta matanza.
“Es impresionante la mirada de los asesinos cuando disparan sorpresivamente al lado de uno en un bar o en la calle”, dice un hombre. Una maestra cuenta cuando los guerrilleros llegaron a su pueblo de Barbacoas, no lejos de allí, en busca de supuestos “sapos” del ejército. Reunieron a toda la población en la plaza y mataron a cinco conocidas personas y a otras las conminaron a huir so pena de muerte. Alguien quiso ver a su amigo maestro recién fusilado, pero los guerrilleros se lo impidieron. “Váyase, es inútil, ya esta está muerto. Ahora el pueblo estará tranquilo. Ya han muerto los sapos”, dijo un dirigente guerrillero, relata la mujer.
Las motocicletas de alto y bajo cilindraje se suceden las calles agitadas de esta isla ciudad rodeada de barrios llenos de palafitos. Las calles centrales están tupidas de prósperos comercios de ropa, electrodomésticos, supermercados, bares, restaurantes Pico Rico, sitios de Dunkin Donuts, siempre llenos de gente. Hay sitios de internet, locales telefónicos , venta de minutos en celular. Todos usan celulares. Pobres y ricos. Chicos y grandes.
Hay abundancia, el dinero circula a manos llenas, la fiesta es permanente, pero a la vez reina la pobreza. Unos campesinos hacen cola en el Banco Agrario en espera que les den la ayuda mensual de unos de 25 dólares del programa Familias en Acción. Pero no ha llegado el dinero. Y gritan famélicos ante el paso de los forasteros: “¡Hay hambre en Tumaco!”.
Las espigadas muchachas de cuerpos sanos bronceados y prendas ceñidas cruzan coquetamente devoradas por la lascivia masculina. La alegría de los escolares suena por todas partes. La guerra no impide que vayan a la escuela, aunque a muchos tratan de reclutarlos los “paracos” o la guerrilla y debe huir para siempre. En un parque de donde salió el gran futbolista Wellington Ortiz, los chicos hacen deporte emulándolo y las chicas practican el baile currulao.
En la playa El Morro, cerca de la base naval, los retenes se suceden y en el Hotel Barranquilla soldados armados vigilan la tranquilidad de los enviados y asesores estadounidenses que se hospedan allí en ese pedazo de paraíso frente a la playa. El atardecer nublado deja entrever la rojizas franjas de sol crepuscular. Y el viento excepcionalmente frío a causa de los cambios climáticos provocados por el fenómeno de “la Niña” circula entre los bares playeros donde suena la estridente música tropical. Para llegar allí se pasa por un retén militar que vigila el este enorme complejo donde residen miles y miles de militares.
Reinan los militares, van y vienen los vehículos de Naciones Unidas y en los hoteles trabajan los predicadores del comercio, la microempresa y la política local. Pero nada es igual al oasis salsero de don Chucho Ricaurte. Mientras unos temibles “paracos” beben con estridencia y arrogancia y piden vallenatos, el viejo rumbero dice firme: ”No señores. Aquí sólo ponemos salsa. Prohibido el merengue y el vallenato”. Pero los asesinos están de buen humor. Terminan sus cervezas y se van.
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Publicado en el diario Excélsior de México. Domingo 7 de noviembre de 2010.